9/11/09

Lugares Sagrados

Amigos de la Asociación Milenium me escriben para referirme que trabajan en la elaboración de un catálogo de “Lugares Sagrados” y me preguntan si les puedo aportar alguna información que les puedan servir de guía.

En este orden, lo que puedo comentarles ha de arrancar de un hecho bien conocido: la energía recorre el subsuelo del planeta originando una fuerza que los seres vivos pueden aprovechar y que se manifiesta de modo especial en determinados lugares.

El ser humano que llamamos “primitivo”, por su cercanía a la Naturaleza y su mayor saber sobre ella, era capaz de percibir estas influencias, así como las vibraciones procedentes de la Tierra y el Cosmos, y sacó partido de la energía de las corrientes telúricas. Y no solo las grandes vetas de esta energía son detectables por el ser humano, sino también otras de menor potencia. Algunos lugares nos aportan paz, sosiego y, en ocasiones, hasta un escalofrío que nos recorre el cuerpo. No es nada que la ciencia no pueda explicar: son las cargas electromagnéticas o telúricas.

En términos científicos, se trata de pulsiones electromagnéticas que recorren el planeta, concentrándose o dispersándose con arreglo a una serie de factores: el relieve, la conductibilidad del terreno, la existencia de fallas, la temperatura interior, la presencia de aguas subterráneas. Estas corrientes constituyen las terminaciones nerviosas de la tierra, en las que la energía se manifiesta con mayor intensidad Suelen ser especialmente intensas en el interior de las cavernas, cuevas y abrigos naturales y en los berruecos rocosos.

Las bolsas de aguas subterráneas tienen una carga eléctrica importante, pues el medio acuático es un notable conductor de la electricidad, por lo que en cualquier zona en la que existan el flujo de electrones es mucho más rápido que a través de la roca. Las vetas telúricas no son más que pliegues o corrientes subterráneas que canalizan la electricidad bajo la corteza terrestre. En los puntos en los que estas vetas confluyen o se cruzan, el movimiento de electrones es mucho más intenso y éstos chocan entre sí creando efectos de reverberación.

Todo lo cual explica la ubicación de buena parte de los grandes enclaves religiosos del mundo, de cualquier religión y en cualquier época. Allí donde nos sentimos a gusto con nosotros mismos, más cerca de la divinidad, sea ahora o en los tiempos remotos de la historia.

El ser humano “primitivo” tenía la capacidad de localizar estos sitios y los convirtió en espacios sagrados, en lugares de religión y peregrinación donde la espiritualidad se manifiesta y se abren las puertas del cielo. Sobre ellos se levantaron santuarios a los que se peregrinaba, precisamente, en las fechas en las que la posición de los astros mejoraba las condiciones e influjos energéticos del lugar. Visitarlos equivalía a renovar la materia, a nacer de nuevo. También, con el mismo efecto, erigió menhires, alineamientos y “crómlech” o círculos. Los menhires son una especia de acupuntura terrestre, antenas cósmicas de piedra, generadores de energía, potenciadores de la fuerza de la tierra.

Con el paso del tiempo, la humanidad, salvo excepciones muy minoritarias, fue perdiendo la sensibilidad para ubicar sitios tan singulares. No obstante, un buen número de los existentes fueron quedando en su memoria transformados en sitios de culto para las nuevas religiones. Estas tergiversaron el mensaje y el potencial inherente a estos lugares, pero, aun así, mantuvieron su carácter sagrado.

Grupos de iniciados de todos los tiempos conservaron el saber original y supieron ver en tales sitios su auténtica esencia.

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