5/3/17

Ascetismo (Enseñanzas Teosóficas: 03)


Entre los filósofos prevalecen algunas ideas equivocadas sobre el ascetismo y conviene considerar lo que en realidad es y hasta qué punto puede ser útil. El usual significado de la palabra es el de una vida de austeridad y mortificación del cuerpo, aunque esta acepción se aparta algún tanto del significado original de la palabra griega asketes o sea el que se ejercita como un atleta.

Pero el clericalismo restringió la palabra y transmutó su sentido aplicándola a toda clase de abnegaciones con propósito de alcanzar progreso espiritual, basado en la teoría de que la naturaleza corpórea con sus pasiones y deseos es la fortaleza del mal inherente en el hombre desde la caída de Adán, y que por lo tanto es preciso debelarla con ayunos y penitencias. En las religiones orientales descubrimos a veces análoga idea fundada en el concepto de que la materia es esencialmente mala, y en consecuencia sólo cabe acercarse al ideal del bien y substraerse a las miserias de la vida subyugando o torturando el cuerpo.

El estudiante de Teosofía advertirá desde luego que en ambas teorías hay horrible confusión de pensamiento. No tiene el hombre otro mal inherente que el por él mismo engendrado en vidas pasadas, ni tampoco es la materia esencialmente mala, porque es tan divina como el espíritu y sin ella fuera imposible toda manifestación de la Divinidad. El cuerpo y sus deseos no son de por sí buenos ni malos, sino que para progresar debe el hombre someterlos al gobierno del Yo interno. Torturar el cuerpo es locura; gobernarlo es absolutamente necesario. «Los hombres que practican rigurosas austeridades... y atormentan insensatamente el conjunto de elementos constitutivos de su cuerpo, y también a Mí, que en su interior resido; tales hombres tienen propensiones demoníacas.» (Bhagavad Gîtâ XVII-5, 6). y por otra parte: «Tenebrosa es la austeridad dimanante de extraviada mente y practicada con torturas corporales...» (Id. XVII-19). Está muy difundida la ilusión de que para ser verdaderamente bueno es preciso mortificarse y que la mortificación es grata al Logos. Nada más grotesco que esta idea, y los citados pasajes del Bhagavad Gîtâ insinúan que es algo más que grotesca, pues afirman que quienes torturan su cuerpo, torturan también al Logos en él residente.

En Europa esta funesta preocupación vulgar es uno de los más horribles legados de la espantosa blasfemia del calvinismo. Yo mismo he oído decir a un niño: «Me siento tan dichoso que con seguridad debo de ser muy malo». He aquí el tremendo resultado de una enseñanza criminalmente tergiversada.

Los Maestros, que tan superiores nos son, están henchidos de gozo, llenos de simpatía, pero no de tristeza. También nosotros debemos sentir simpatía por los demás, pero no identificarnos con su tristeza. Un hombre conturbado no puede ver claramente cosa alguna. El mundo todo le parece en tinieblas y se figura que nadie puede ser feliz. En cambio, cuando está vivamente gozoso, el mundo entero le parece brillante y se figura que nadie puede ser infeliz. Sin embargo, nada ha cambiado, ni siquiera él mismo, sino tan sólo su cuerpo astral. El mundo marcha de la misma manera, tanto si somos dichosos como infortunados. No os identifiquéis con vuestro cuerpo astral sino procurad desprenderos del tejido de ilusiones de esta personal actitud.

No cabe duda de que tan ridícula teoría de la mortificación deriva en parte de que para progresar el hombre ha de sojuzgar sus pasiones y que este sojuzgamiento repugna a los no evolucionados. Pero la mortificación está muy lejos de ser meritoria, sino que por el contrario indica que aún no se ha logrado la victoria. La mortificación tiene por único fundamento el no estar todavía dominada la materia inferior y que prosigue la lucha. Cuando el dominio es perfecto ya no se despierta ningún bajo deseo, y en consecuencia no hay lucha ni mortificación, El hombre vivirá rectamente y evitará lo inferior porque le es de todo punto natural hacerla así, no ya porque piense que debe esforzarse aunque le sea difícil el esfuerzo. Así vemos que la mortificación es tan sólo un estado intermedio, y que no ella sino su ausencia es señal de éxito.

Otro motivo del predicamento en que está todavía la mortificación es el confundir la causa con el efecto. Se observa que la persona de verdaderamente adelantada evolución es de sencillas costumbres y desprendida de gran número de menudos lujos que el hombre vulgar diputa por indispensables. Pero semejante despreocupación por el lujo es efecto y no causa de su adelanto. No le inquietan aquellas frivolidades porque las ha transcendido ampliamente y ya no le interesan, y en modo alguno porque las considere nocivas, al paso que quien vivamente las anhele y por imitarle se abstenga de ellas, no adelantará por ello.

A cierta edad el niño juega con trompos y balines; años después, ya muchacho, sus juegos son la raqueta y el pilapié; más tarde, cuando le apunta el bozo, pierden para él mucho de su interés estos deportes y emprende los torneos del amor y de la vida. Pero el niño que desecha balines y trompos y para remedar a los mayores juega al pilapié, no por ello deja de ser niño. Cuando por natural crecimiento le llega la hora, desecha los juegos pueriles; pero no puede apresurar su crecimiento con sólo desecharlos y substituirlos por los de los mayores.

No hay virtud alguna en mortificarse con el único propósito de la mortificación; pero hay tres casos en que la mortificación puede formar parte del progreso. El primero es cuando sirve para ayudar a otros, como el hombre que mantiene a un amigo enfermo o trabaja penosamente para su familia. El segundo es cuando un hombre echa de ver que tal o cual vicio, como los del tabaco, bebida, opio, morfina etc., es un obstáculo para su perfeccionamiento. Si resueltamente se decide, abandonará el vicio al instante; pero como el cuerpo está acostumbrado al feo vicio, clama por él y ocasiona mucho sufrimiento. Si el hombre no ceja en su resolución, acabará el cuerpo por acomodarse a las nuevas condiciones y entonces ya no habrá mortificación. Pero en la etapa intermedia, mientras se esté librando la batalla entre el hombre y su cuerpo, sufrirá no poco, y este sufrimiento debe considerarse como el karma de haber contraído el hábito que se esfuerza en abandonar. Cuando cese el sufrimiento quedará satisfecho el karma, conseguida la victoria y adelantado un nuevo paso en la evolución.

Estoy convencido de que en ciertos casos, cuando la persona es físicamente muy débil, puede ser peligroso abandonar repentinamente un vicio. El de la morfina es un ejemplo. La víctima de sus horrores necesita por lo general ir disminuyendo gradualmente la dosis porque el choque del cese brusco podría ser más violento de lo que el organismo fuera capaz de soportar. También parece que hay algunos casos deplorables en que el mismo sistema de disminución gradual ha de aplicarse a los acostumbrados a comer carne. Dicen los médicos que la carne se digiere principalmente en el estómago y los alimentos vegetales en los intestinos, por lo que las personas de quebrantada salud necesitan dar tiempo a cada uno de dichos órganos digestivos a que se adapten al nuevo régimen para cumplir sus funciones. Sin embargo, la firmeza de voluntad no tardará en someter al cuerpo al nuevo orden de cosas.

El tercer caso en que puede ser útil la mortificación es cuando el hombre violenta su cuerpo para hacer algo que le disgusta con propósito de habituarlo a la obediencia cuando sea necesario. Pero aun así ha de entenderse que el mérito está en la fácil obediencia del cuerpo y no en su sufrimiento. De esta suerte podrá el hombre no hacer caso de las menudas incomodidades de la vida y ahorrarse mucho tedio e irritación. Al vigorizar así su voluntad y poner su cuerpo en obediencia debe ir con cuidado de no intentar más que las cosas verdaderamente ventajosas. Los hata yoguis vigorizan sin duda la fuerza de voluntad cuando mantienen el brazo sobre la cabeza hasta que languidece, pero si ganan, en voluntad pierden en el uso del brazo. La fuerza de voluntad puede acrecentarse en el mismo grado y con mayor ventaja por medio de algún esfuerzo cuyo resultado sea de permanente utilidad en vez de perjudicar de por vida. Así, por ejemplo, el vencimiento de la irascibilidad, orgullo, impaciencia o sensualidad. Convendría que cuantos sienten ansia de ascetismo grabaran en su corazón las palabras de sabiduría del Bhagavad Gîtâ:

«La pureza, rectitud, continencia y mansedumbre se contraen a la austeridad del cuerpo. La conversación honesta, desprovista de maledicencia, verídica, amena e instructiva... se contraen a la austeridad de la palabra. Gozo mental, ecuanimidad, silencio, subyugación propia y sinceridad se contraen a la austeridad de la mente». (XVII-14, 15, 16).

Observad que, en el último versículo, el gozo, dicha o sosiego mental es la primera característica de la austeridad de la mente, el primer signo del perfecto dominio de sí mismo, tan necesario para quien verdaderamente desee progresar.

Sin disputa tenemos el deber de ser dichosos. La depresión, el tedio y el desaliento denotan siempre debilidad y fracaso porque equivalen a egoísmo. Quien a ellos cede, se convierte en un foco de infección moral que esparce melancolía en vez de júbilo entre sus hermanos. Y esto ¿qué es sino el más grosero egoísmo? Si alguien siente afán de ascetismo, que asuma la austeridad mental aconsejada en el Bhagavad Gîtâ y determínese a que sean cuales sean sus particulares tribulaciones o sufrimientos los olvidará y se olvidará de sí mismo por el bien de los demás, de modo que siempre pueda difundir entre sus compañeros de peregrinación la radiante dicha dimanante del pleno, conocimiento del teósofo y los guíe siempre a la realización de que «Brahaman es felicidad».

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Autor: C. W. Leadbeater
Obra: La Vida Interna, publicada en 1910
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Las Reflexiones Teosóficas se publican en este blog cada domingo,
desde el 19 de febrero de 2017
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