19/3/17

Los prejuicios (Enseñanzas Teosóficas: 05)


Guardaos de iniciar una sospecha, porque todo lo transtornará. Yo he visto como una leve sospecha fue  tomando cuerpo entre dos amigos hasta convertirse en gigantesca mala inteligencia. Toda palabra inofensiva se tergiversa de modo que se la mal interpreta por expresión de algún hostil o inconveniente motivo, mientras que quien la pronunció está completamente ignorante de la sospecha. Lo mismo sucede en las cuestiones científicas, políticas o religiosas. La más leve discrepancia de opinión se abulta hasta el extremo de extenderla en favor de lo que uno opina y en contra de las ideas ajenas, de suerte que resulta un concepto absurdamente tergiversado. Hay quienes alimentan el prejuicio de raza, aunque los que ahora tienen cuerpos blancos hayan tenido en otro tiempo cuerpos de color y viceversa, y las costumbres de uno hayan sido o hayan de ser las del otro. La fraternidad significa el abandono de los prejuicios. El conocimiento de la reencarnación nos ayudará a vencer nuestras limitaciones y malevolencias.

Los estudiantes de la vida superior debemos sobreponernos a estos prejuicios. Es tarea difícil porque están arraigadísimos los de raza, casta y religión; pero todos deben desarraigarse porque impiden ver claro y juzgar rectamente. Son como los vidrios de color, o más bien como los vidrios de chapucera hechura que todo cuanto por ellos se mira aparece disforme y a menudo enteramente distinto de lo que en realidad es. Antes de juzgar y discernir hemos de ver claro.

Siempre es fácil atribuir malas intenciones y descubrir siniestra explicación de los actos de aquellos con quienes nos hemos disgustado. Esta tendencia es un muy grave obstáculo en la senda del progreso. Hemos de anular nuestra personalidad para ver a los demás tales como son. Un prejuicio es una especie de verruga en el cuerpo mental que ofusca la verdadera visión de las cosas. Es un punto congestionado del cuerpo mental en donde la materia no está viva y vibrante sino atrofiada y corroída. El medio de curar es la adquisición de mayor conocimiento, poner en actividad la materia del cuerpo mental y los prejuicios se irán desvaneciendo uno tras otro.

Este siniestro efecto del prejuicio daba a entender Aryasangha cuando dijo en La Voz del Silencio que la mente es el gran destructor de lo real. Con esto nos advierte que no vemos ningún objeto tal cual es, sino que sólo vemos las imágenes que podemos forjar de él, y así resultan todas las cosas necesariamente coloreadas por las formas de pensamiento de nuestra propia creación. Observad como dos personas que presencian el mismo suceso en idénticas circunstancias, lo relatan cada cual a su manera. Así ocurre continuamente con los juicios del hombre vulgar y no advertimos cuán absurdamente tergiversamos las cosas.

El deber del estudiante de Teosofía es acostumbrarse a ver las cosas tales como son, y esto requiere gobierno de sí mismo, vigilancia y gran copia de penosa labor. Por ejemplo, las gentes de los países occidentales tienen muchos prejuicios en cuestiones religiosas, y al que nace en el seno de una de ellas se le enseña insistentemente que todas las demás son supersticiones. Así es que nuestras ideas son ya prejuiciosas desde un principio, y aunque algo aprendamos de las otras religiones y las respetemos, nos será difícil imaginarnos nacidos en ellas. Los hinduistas no pueden suponerse nacidos cristianos o musulmanes, y la misma dificultad encuentra un cristiano o musulmán para suponerse hinduista o budista, aunque con seguridad en alguna vida pasada habrá pertenecido a una u otra de estas religiones.

Muchos que alardean de cristianos protestantes no tendrán la menor confianza en un católico romano, y cuanto más ignorante es la gente mayor desconfianza muestran respecto de lo que choca con sus costumbres. Así vemos que los campesinos, por ejemplo, son instintivamente desconfiados con los extranjeros, y hay en Inglaterra muchos pueblos rurales en donde un francés despertaría sospechas a menos que implorara la caridad pública. Si está hambriento le darán de comer y lo tratarán compasivamente; pero si llega en busca de trabajo le criticarán, se reirán de él y levantará sospechas. Desde luego que todo esto proviene de la ignorancia y sucede porque los campesinos no están acostumbrados a tratar con extranjeros.

La eliminación de semejante prejuicio es una de las mayores ventajas que adquiere el hombre de talento cuando viaja. En la Sociedad Teosófica intiman hombres de diversas naciones. Los indos se acostumbran al trato de los blancos quienes a su vez se convencen de que los indos son tanto como ellos. Yo me hallaba actuando en Ámsterdam cuando la guerra del Transwaal, y aunque  en toda Holanda se notaba un vivo sentimiento de hostilidad contra los ingleses en aquella época, no se advertía la más mínima animosidad entre los teósofos holandeses. Es interesantísimo asistir a una de las conferencias teosóficas europeas y ver la cordialidad reinante entre hombres de diversas naciones, cuán sinceramente se alegran de conocerse y cómo se deleitan en su recíproca compañía. Entonces se convence uno de que si el sentimiento de confraternidad, tal como existe en la Sociedad Teosófica, se dilatase a la mayoría de las gentes en las diversas naciones, las guerras serían imposibles y ridículas.

En el actual estado de cosas, formamos las opiniones sobre muy deleznables fundamentos. Al encontrar por primera vez a una persona solemos sentir disgusto hacia ella por algo que dice o por algún gesto que hace, de suerte que se interpone entre ambos un ligero tabique de desconfianza. Esto parece a primera vista que no tiene importancia; pero habéis de cuidar de que el ligero prejuicio contra aquella persona no se convierta en barrera porque os impediría comprenderla. Hasta cierto punto la veis a través de la forma de pensamiento que habéis forjado y no podéis verla distintamente, porque es como si la vierais a través de un retorcido vidrio de color que todo lo deforma.

Algunas veces, aunque no tan a menudo, el prejuicio es favorable a determinada persona, como en el caso de una madre que puede considerar inofensivo lo que hace su hijo aunque perjudique gravemente a otros. Tanto si el prejuicio es favorable como adverso a una persona es una ilusión mental que mata la realidad. El mejor medio de ver sin engaño es determinarnos desde un principio a descubrir lo bueno de cada cual, porque nuestros prejuicios están, por lo general, en el lado opuesto y desgraciadamente nos inclinamos a ver el mal donde no existe. Diferimos de muchas otras  gentes en color, traje, modales, costumbres y en ritos religiosos; pero todo esto son sencillamente exterioridades y cuanto en ello subyace o se oculta es casi lo mismo en todos nosotros.

Sin embargo, no es muy difícil penetrar más adentro de las externas envolturas en que se ocultan las gentes. De aquí que, por lo general, muestren su peor aspecto, porque los principales vicios están siempre cerca de la superficie y el verdadero oro permanece, a menudo, ventajosamente escondido. Quien aspire a progresar debe vencer esta ceguera en cuanto al mérito ajeno y la propensión a juzgar por las apariencias.

Recordad que por ignorante o mojigato que sea un hombre, no se le puede negar la ocasión de colocarse, si así lo desea, del lado del bien en contra del mal. Los Maestros aprovechan siempre el bien esté donde esté, aunque haya en el mismo hombre mucho de malo; y el empleo que de dicha energía benéfica hacen los Maestros, ayuda grandemente a quien la engendró. Así, por ejemplo, aprovecharán la energía devocional que encuentren en un sanguinario fanático, con lo que le darán ocasión de realizar alguna obra buena y recibir ayuda en consecuencia.

También debemos imitar a los Grandes Seres procurando aprovechar el aspecto bueno de todas las cosas y personas. No busquemos ni abultemos en mal en nadie sino escojamos e intensifiquemos el bien. Proseguid haciendo vuestra labor lo mejor que podáis y no os conturbéis por la labor ajena ni de cómo la está haciendo quien la haga. Si los demás oponen dificultades a vuestra obra, vencedlas y no os desalentéis, porque es vuestro karma y al fin y al cabo todas estas cosas externas no tienen verdadera importancia. No incurráis en el error de creer que los demás intentan empequeñecer vuestros buenos propósitos. Todos vuestros coetáneos son muy semejantes a vosotros, y así juzgad por vuestro corazón el ajeno y preguntaos si seríais capaces de una tan mala acción como ésta.

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Autor: C. W. Leadbeater
Obra: La Vida Interna, publicada en 1910
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Las Enseñanzas Teosóficas se publican en este blog cada domingo,
desde el 20 de febrero de 2017
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